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miércoles, 15 de abril de 2009

Testimonio: La confesión verbal. Parte II

II. ALGUNOS ERRORES COMUNES
A. Intentar reemplazar la confesión
con un buen comportamiento
Muchos creyentes nuevos son influenciados por las enseñanzas tradicionales y piensan que portarse bien es más importante para un cristiano que confesar con sus labios. Piensan que un cambio en lo que uno dice no es tan importante como un cambio en lo que uno hace. Debemos desechar este concepto, el cual es totalmente erróneo. Con esto no estamos diciendo que no sea necesario cambiar nuestra conducta, porque si nuestra conducta no cambia, nuestra confesión es en balde. Pero cambiar nuestra manera de obrar sin confesar con nuestra boca es igualmente vano. Un cambio de conducta jamás podría reemplazar la confesión, porque aun cuando nuestra conducta haya cambiado, aún sigue siendo necesario confesar públicamente al Señor.
El nuevo creyente debe aprovechar la primera oportunidad que se le presente de hablar a los demás sobre su fe en el Señor Jesús. Si usted no confiesa con la boca, hará que se formen conjeturas sobre usted y se especule sobre su comportamiento. Se dirán muchas cosas acerca de usted, pero no mencionarán al Señor Jesús; así que es mejor que les diga por qué ha habido tal cambio en su conducta, ya que una buena conducta jamás reemplazará la confesión verbal. Es importante tener una buena conducta, pero también lo es confesar con nuestra boca. Por lo tanto, usted debe confesar: “Jesús es mi Señor y deseo servirle”. Estas palabras deben salir de su boca, aunque su conducta sea muy buena.
Hemos oído a mucha gente decir que no hay necesidad de decir nada si se tiene una buena conducta. Recuerden que nadie se molestará en criticar a aquellos que dicen esto, aun cuando su conducta no haya sido tan buena, pero si dice que es cristiano, inmediatamente los demás lo criticarán y lo censurarán cuando cometa la menor falta. Así que aquellos que dicen que es suficiente con manifestar una buena conducta y que no es necesario confesar con la boca, en realidad están dándose una excusa para portarse mal. Dejan una puerta abierta para escapar de las críticas. No crean que es suficiente tener un cambio de conducta; es absolutamente indispensable confesar con la boca.
B. El temor de no perseverar hasta el final
Algunas personas piensan de esta manera: “Si confieso verbalmente y luego no persevero en mi convicción cristiana, ¿no será esto motivo de burla? Supongamos que después de tres o cinco años he fracasado como cristiano, ¿qué debo hacer entonces? Es mejor no decir nada ahora y esperar que pasen algunos años hasta que esté seguro”. Podemos decirles a estas personas que si no confiesan su fe por temor de caer o fracasar, sin duda alguna fracasarán. Estas personas han abierto una puerta trasera procurando evitar la puerta principal. Es decir, ya han hecho los preparativos necesarios para poder desdecirse de su propia confesión de fe. Estas personas quieren esperar a sentirse seguras antes de confesar. Podemos estar seguros que tales personas fracasarán. Es mejor declarar resueltamente: “¡Yo soy del Señor!”. Si usted cierra la puerta trasera, le será mucho más difícil retroceder o desviarse y tendrá más posibilidades de avanzar que de retroceder. De hecho, esta es la única manera en la que usted podrá avanzar.
Si usted espera mejorar su comportamiento antes de decidirse a confesar al Señor delante de los demás, su boca jamás se abrirá; estará mudo para siempre aunque llegue a manifestar una buena conducta. Si usted no abre su boca desde un principio, más tarde le será mucho más difícil. Si usted confiesa verbalmente su fe, la posibilidad de tener una buena conducta se incrementará, pero si espera confesar hasta que su conducta mejore, perderá no sólo la oportunidad de abrir su boca, sino también la de tener una buena conducta.
Es reconfortante saber que Dios no sólo nos redime, sino que también nos guarda. ¿Con qué podemos comparar la redención? La redención es la adquisición de algo. Pero, ¿qué significa entonces guardar? Guardar es retener lo adquirido. ¿Quién en este mundo compra cierto artículo pensando que luego lo va a tirar? Cuando compramos un reloj, esperamos usarlo por lo menos cinco o diez años; no lo compramos para luego tirarlo. Dios salva a personas por todo el mundo, pero no las salva para tirarlas. Él quiere resguardar lo que ha salvado. Puesto que Dios nos salvó, Él nos guardará. Puesto que Dios nos redimió, Él nos guardará hasta aquel día. Dios nos ama tanto que envió a Su Hijo para redimirnos. Si Él no hubiera tenido la intención de guardarnos, no habría pagado tan alto precio. El plan y propósito de Dios es salvaguardarnos. Así que no tengan temor de levantarse y declarar: “¡Creo en el Señor!”. Posiblemente se pregunte: “¿Qué pasará si cometo una falta a los pocos días?”. No se preocupe. Dios será responsable de eso, así que mejor levántese y diga: “¡Yo pertenezco a Dios!”. Entréguese a Él. Dios sabe que usted necesita apoyo, cuidado y protección. Podemos afirmar con certeza que Dios resguarda la salvación del hombre. Esto hará que la redención esté llena de significado para nosotros.
C. El temor del hombre
Algunas personas no se atreven a confesar al Señor públicamente porque tienen temor de los hombres. Son muchos los que honestamente pueden decir que verdaderamente están dispuestos a ponerse de pie y confesar al Señor públicamente y sin ninguna reserva, pero en cuanto ven el rostro de los demás, sienten temor. Al ver el rostro de sus padres o de sus amigos, los sobrecoge la timidez que les impide hablar. Es aquí donde muchas personas tropiezan, porque sienten temor de los hombres y no se atreven a abrir su boca. Algunas personas son tímidas por naturaleza, no sólo en cuanto a confesar al Señor, sino también en otras cosas. Pedirles que hablen sobre su fe equivale a pedirles que sacrifiquen su vida. Ellos sencillamente no se atreven a abrir sus bocas.
No obstante, esta clase de persona debe prestar oído a lo que Dios dice al respecto. Proverbios 29:25 dice: “El temor del hombre pondrá lazo”. Si usted siente temor de ver a los demás, caerá en un “lazo”, porque su temor se convertirá en una trampa para usted. Es decir, su temor se convierte en su propio lazo. Cada vez que su corazón siente temor de los hombres, usted se está enredando en su propio lazo, en el cual caerá porque éste ha sido creado por su propio temor. Posiblemente la persona a la que usted teme, esté dispuesta a escucharle, y aun si no quisiera oírle, posiblemente ella no sea tan terrible como usted se imagina.
Hay una historia de dos personas que eran colegas. Uno de ellos era creyente, y el otro no. Pero el creyente era muy tímido y no se atrevía a decirle a su colega incrédulo que había sido salvo. El incrédulo estaba muy intrigado por el gran cambio que se había operado en su compañero, porque éste antes era muy iracundo, pero ahora había cambiado; sin embargo, no se atrevía a preguntarle cuál era la razón del cambio. Todos los días trabajaban juntos, compartían la misma mesa y se sentaban frente a frente; uno no se atrevía a hablar, y el otro no se atrevía preguntar. Día tras día se miraban el uno al otro. A uno le daba miedo hablar, y al otro le daba miedo preguntar. Un día el creyente no pudo aguantarse más, y después de orar, aproximándose a su colega, le estrechó la mano fuertemente y le dijo: “Soy muy tímido, pero desde hace tres meses he querido decirle algo, y ahora se lo voy a decir: He creído en Jesús”. Al decir esto, su rostro palideció. El otro respondió: “Yo también desde hace tres meses he querido preguntarle a qué se debe el cambio suyo pero no me atrevía a hacerlo”. Al oír esto, el creyente se sintió motivado a seguir hablando y pudo llevar a su amigo a recibir al Señor.
Los creyentes que tengan temor de los hombres fracasarán. Recuerde que si teme a alguien, posiblemente él también le tema a usted. Si seguimos a Dios, no hay razón para temer. Aquel que tema a los hombres, no podrá ser un buen cristiano ni podrá servir al Señor. El cristiano debe confesar al Señor ante sus familiares y amigos, en privado y en público. Debemos hacer esto desde un principio.
D. La timidez
Algunas personas son tímidas y se avergüenzan de ser cristianas. Es verdad que esta clase de vergüenza puede presentarse cuando uno se enfrenta a incrédulos. Si usted les dice que trabaja haciendo investigaciones en el campo de la técnica, le felicitarán por tener un futuro brillante, y si les dice que está estudiando filosofía, dirán que usted es una persona muy inteligente. A usted no le avergüenza hablar de muchas cosas. Sin embargo, si dice que es cristiano, muchos dirán que usted es demasiado ingenuo o que no es lo suficientemente inteligente, y tendrán poca estima de usted. Hablar sobre otros temas no le da vergüenza, pero hablar de su fe cristiana sí le da vergüenza. Es inevitable que un nuevo creyente sienta vergüenza cuando confiesa públicamente su fe; pero debe vencer tal sentimiento. Es cierto que el mundo se avergüenza de alguien que se ha hecho cristiano, pero nosotros tenemos que superar tal sentimiento.
¿Cómo podemos superar esta sensación de vergüenza? Tenemos que enfrentarnos a tal sentimiento desde dos ángulos diferentes:
Por un lado, tenemos que darnos cuenta que cuando el Señor Jesús fue crucificado, Él llevó nuestros pecados y también nuestra vergüenza. Cuando el Señor llevó nuestros pecados, Él sufrió una gran humillación. Así pues, a los ojos de Dios, nosotros también debemos estar dispuestos a sufrir semejante humillación de parte de los hombres. La humillación que hemos de sufrir delante de los hombres, jamás podrá compararse con la humillación que nuestro Señor sufrió por nosotros en la cruz. Por lo tanto, no nos debe sorprender si somos humillados; debemos entender que pertenecemos al Señor.
Por otra parte, hay un buen himno que dice así: “¡Nuestra timidez es como si el cielo de la mañana repudiase al sol! Pero el Señor irradia la divina luz que ilumina nuestra conciencia, que es tan oscura como la noche”. Ya que el Señor, ha tenido tanta gracia para con nosotros y nos ha redimido, sentir vergüenza de confesarlo es como si el cielo de la mañana se avergonzara de la iluminación del sol. Hemos hallado gracia en el Señor; Él nos ha redimido, nos ha guardado y nos llevará a los cielos. Sin embargo, ¡consideramos una vergüenza confesar nuestra fe en Él! Si esto es una vergüenza, ¡entonces toda la gracia que hemos recibido debe ser una vergüenza y debemos negarla! El Señor ha hecho mucho por nosotros, ¿cómo entonces, es posible que nos avergoncemos de confesarlo?
Debemos avergonzarnos por cosas como: juergas, borracheras, libertinajes, pecados, obras de las tinieblas y obras del maligno. El Señor nos ha librado de todo esto, y debemos sentirnos gloriosos. ¿Cómo, entonces, podemos sentirnos avergonzados? No nos debe dar vergüenza confesar al Señor, porque ¡es glorioso y es motivo de gozo confesar Su nombre! Nosotros somos los que nunca pereceremos, y jamás seremos condenados ni juzgados por Dios; nunca nos apartaremos de Su glorioso rostro. ¡Somos aquellos que siguen al Cordero por dondequiera que va y siempre estaremos con Él! (Ap. 14:4) No debemos permitir que la gente siembre la semilla de vergüenza en nosotros. Debemos levantarnos osadamente y decir que pertenecemos a Dios. ¡Gloriémonos y regocijémonos en Él!
Pedro era una persona de voluntad férrea por naturaleza y se esforzaba por destacar entre los discípulos y ser el primero en todo. Pero un día negó al Señor y se convirtió en un mísero ratón. Cuando fue interrogado, tuvo temor. En términos humanos, Pedro era un “héroe” y un líder nato entre los discípulos, pero sintió temor incluso antes de que otros intentarán quitarle la vida. Tuvo temor y maldijo cuando sólo le dijeron: “Éste estaba con Jesús el nazareno”. Esto realmente dejaba mucho que desear. Todos aquellos que se rehúsan a confesar al Señor públicamente son dignos de lástima. Lo que Pedro hizo fue muy bajo; fue una verdadera vileza que negara al Señor (Mt. 26:69-75).
Aquellos que son tan tímidos que no abren sus bocas, están llenos de vergüenza. Los que son verdaderamente nobles confiesan su fidelidad a Jesús de Nazaret aun cuando estén a punto de ser quemados en la hoguera o ser arrojados al mar. Pueden ser azotados, quemados vivos o echados en un foso de leones; sin embargo, todavía proclaman: “¡Yo pertenezco a Jesús el nazareno!”. ¡En todo el mundo, no hay nada más glorioso que esto! La persona que debiera sentirse más avergonzada es aquella que tiene vergüenza de confesar al Señor. Tales personas resultan inútiles. Ellas incluso ¡se detestan a sí mismas y se avergüenzan de sí mismas! Es una verdadera vergüenza que uno se menosprecie a sí mismo y que tenga vergüenza de lo que ha recibido.
Por lo tanto, no debemos tener temor ni vergüenza. Todos aquellos que desean aprender a seguir al Señor deben aprender a confesarle delante de los hombres con toda confianza. Si la luz, la santidad, la espiritualidad y seguir al Señor es una deshonra; y la oscuridad, el pecado, la carnalidad y seguir al hombre traen gloria, entonces debemos escoger la deshonra. Preferimos sufrir el vituperio de Cristo, tal como lo hizo Moisés, ya que tal humillación es mucho más gloriosa que la gloria de los hombres (He. 11:26).
E. Amar la gloria de los hombres
¿Por qué los gobernantes mencionados en Juan 12 no confesaron al Señor? Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios. Muchas personas no se atreven a confesar abiertamente su fe porque no solamente desean a Cristo, sino también desean la sinagoga. Esas personas desean a Cristo y es por eso que creen en Él; pero ellas no lo confiesan porque también desean permanecer en la sinagoga. Si una persona desea ambas cosas, no será fiel a ninguna de las dos.
Si usted desea servir al Señor, debe elegir entre el Señor o la sinagoga; de lo contrario jamás será un buen cristiano. Debe tomar la decisión de escoger al Señor o a los hombres. Los gobernantes tenían temor de perder el favor de los hombres. Temían que si confesaban al Señor, serían expulsados de la sinagoga. El que escoge al Señor, de una manera incondicional, no tendrá temor de ser expulsado de la sinagoga.
Si la gente no le persigue después de que usted ha creído en el Señor, debe decir: “¡Señor, gracias!”, pero si le persiguen después de confesar al Señor, también debe decir “¡Señor, gracias!”. ¿Qué hay de raro en esto? Nosotros no podemos ser como aquellos gobernantes que, por su amor a la sinagoga, no quisieron confesar su fe en el Señor Jesús. Si todos los creyentes fueran como ellos, la iglesia no existiría hoy. Si Pedro hubiera regresado a su casa y se hubiera quedado callado después de haber creído en el Señor, si Pablo, Lucas, Darby y todos los demás hubieran guardado silencio después de creer, y si todos los que están en la iglesia se hubieran quedado callados y no se hubieran atrevido a confesar al Señor, ciertamente habrían tenido menos problemas, ¡pero la iglesia no existiría hoy!
Una de las características de la iglesia es que se atreve a creer en el Señor, y otra es que se atreve a confesar su fe en Él. Ser salvo no significa simplemente creer en el Señor Jesús, sino creer y confesar que uno es creyente. La confesión es muy importante. La fe cristiana no sólo se manifiesta en la conducta, sino también en aquello que proclamamos con nuestros labios. Debemos confesar con nuestra boca: “¡Yo soy cristiano!”. No es suficiente que un cristiano manifieste una buena conducta; él debe también confesar con su boca. Si no tenemos labios que confiesan al Señor públicamente, tampoco existirá el cristianismo. La Escritura es muy clara: “Con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación”. Ser cristiano es creer con el corazón, y confesar con la boca.
III. NUESTRA CONFESIÓN
Y LA CONFESIÓN DEL SEÑOR
El Señor dijo: “Pues a todo el que en Mí confiese delante de los hombres, Yo en él también confesaré delante de Mi Padre que está en los cielos” (Mt. 10:32). Agradecemos al Señor porque si lo confesamos a Él hoy, en aquel día Él también nos confesará a nosotros. El Señor también dijo: “Pero a cualquiera que me niegue delante de los hombres, Yo también le negaré delante de Mi Padre que está en los cielos” (v. 33). “Mas el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios” (Lc. 12:9). ¡Qué contraste! Todo lo que tenemos que hacer es confesar que el Señor excelente, el distinguido entre millares, es el Hijo de Dios, y entonces Él nos confesará delante del Padre celestial y de los ángeles de Dios. Si usted piensa que es difícil confesar a tan glorioso Señor delante de los hombres, el Señor también tendrá dificultad en confesar delante de Su Padre a una persona como usted cuando Él retorne en la gloria del Padre. No debemos evitar confesar al Señor por temor a los hombres (Is. 51:12) Si hoy es difícil para nosotros confesar a Jesucristo, el Hijo del Dios viviente; en aquel día, cuando Él regrese, le será difícil a Él confesarnos ante Su Padre y ante todos los ángeles gloriosos. ¡Éste es un asunto muy serio!
En realidad, no es difícil confesar al Señor, especialmente si comparamos nuestra confesión con la Suya. Es muy difícil que Él nos confiese a nosotros porque somos los hijos pródigos que recién regresamos a casa, y no hay nada bueno en nosotros, pero Él nos confesará delante de Su Padre en el futuro. ¡Confesémoslo ante los hombres hoy!
Quiera Dios que desde el principio los recién convertidos no se avergüencen de confesar al Señor. Jamás seamos cristianos secretos.